30.3.11

Reflexión de actualidad del profesor Luc Montagnier

Interesante texto del profesor Luc Montagnier, descubridor del virus del sida, sobre un tema de gran actualidad:


"Desde la Segunda Guerra Mundial e Hiroshima, el hombre ha producido radiaciones contra natura. En aquel periodo, el número de explosiones atómicas fue, según los cálculos, superior a 2.500 —cifra que nos hace estremecer—, y más de la mitad de ellas se produjeron a nivel atmosférico. Eso deja huella. Los elementos de vida corta han desaparecido, pero desde luego no lo han hecho los de vida larga. Hay polvo radioactivo circulando todavía por las nubes alrededor de la Tierra, mientras que las partículas más pesadas se han posado un poco por doquier en suelos en los que sigue produciéndose el reciclaje. Es difícil evaluar el efecto de este exceso de radiaciones sobre el aumento de los cánceres no vinculados al tabaco que llevamos observando desde hace cincuenta años.
En Francia, según los datos oficiales (del Ministerio de Economía, Finanzas e Industria del año 2000), el balance global del entorno radioactivo, incluidos todos sus orígenes, representa una exposición media de aproximadamente 3,4 milisieverts (mSv) al año y por persona, mientras que las últimas normas de seguridad establecen una dosis que no debe superar en las actividades humanas (por ejemplo, para una instalación nuclear) 1 mSv anual. En cualquier caso, esta contaminación radioactiva se suma a otras fuentes de radiación que disminuyen nuestras defensas y generan un fuerte estrés.
Y aunque las centrales nucleares monopolizan el debate, no olvidemos las dosis radioactivas que nuestro sistema de salud, a veces muy intrusivo, nos inflige paradójicamente. La frecuencia acaso excesiva de las radiografías de control también merece que se suscite un debate; igual que el entorno hospitalario en su conjunto. Las exposiciones médicas (radiologías, actos diagnósticos...) representan supuesta mente según este balance más del 40% de las fuentes. El radón contribuye en un 34%, la reflexión de los suelos en un 11%, las radiaciones cósmicas en un 7%, las aguas y los alimentos en un 6% y la categoría de «Otros» (ensayos atmosféricos de armas nucleares, industrias...) tan sólo en un 1%.
¿Y qué decir de los eventuales peligros de la exposición a los tendidos eléctricos? Todos estamos rodeados de postes eléctricos y en algunas calles, particularmente en los callejones sin salida, esas líneas se detienen y se entierran en el suelo. Además, todo el mundo utiliza como fuente de energía corrientes eléctricas alternas de baja frecuencia, a 50 o 60 hercios según los países. El cableado eléctrico que recorre nuestras viviendas genera campos eléctricos y magnéticos, algunos de muy débil intensidad, pero a los que estamos sometidos de manera permanente. No se pueden descartar efectos biológicos nocivos. Esos campos son además mucho más fuertes en los trenes de alta velocidad.
¿Y qué decir de los teléfonos móviles, de las radiaciones a longitudes de onda más largas que las de la luz (más allá del infrarrojo) del entorno electromagnético que nos atraviesa cada vez más y de manera permanente? Preguntas pendientes de respuesta y bastante incómodas. A priori, las ondas de radio llamadas hercianas, portadoras de un energía mucho menor, deberían causar muchos menos daños a nuestros átomos y moléculas. Pero en este caso también, todo depende de la intensidad y la duración de la exposición. Al principio se planteó la cuestión en el caso de los teléfonos móviles y de su papel en el aumento de los tumores cerebrales; hasta el punto de que las compañías de seguros se niegan a asumir los posibles riesgos sanitarios de los operadores de telefonía móvil. ¿Cabría pensar que se produce un efecto «microondas» cuando ese teléfono se pega durante horas a la caja craneal?
Los operadores proponen ahora tarifas planas que permiten duraciones ilimitadas de utilización de los móviles. Numerosos estudios norteamericanos y europeos han puesto claramente de manifiesto que la exposición a las ondas de los teléfonos móviles ocasiona rupturas en el ADN y, por consiguiente, mutaciones o deterioros celulares en la barrera sanguínea cerebral. ¡Esto afecta a la salud de miles de millones de usuarios, pero no se ha preconizado ninguna medida de prudencia! Y lo peor está por venir con la increíble generalización de las nuevas tecnologías de comunicación sin cable: así por ejemplo, el acceso a Internet a través de tecnología Wi-Fi utiliza ondas extremadamente cortas, hiperfrecuencias de 2,4 Gigahercios (2.400 Megahercios), es decir, la misma longitud de onda que la que utiliza el magnetrón del horno microondas. La frecuencia utilizada por nuestros hornos microondas (2,4 GHz) corresponde efectivamente a la frecuencia de resonancia del agua. Pero no olvidemos que ésta constituye el 70 de nuestro organismo. El «síndrome de las microondas» ya era perfectamente conocido entre los militares que manipulaban los radares de gran potencia. Está ligado a la producción de calor inducido por ondas radioeléctricas extremadamente cortas. La radiación de un teléfono móvil emite ondas más bajas pero de idéntica naturaleza, oscilando su frecuencia entre 900 y 1.800 megahercios. No se conocen en absoluto los efectos biológicos a largo plazo de esta enorme impregnación, sin precedentes en la historia de la humanidad, y que todos padecemos. Es imperativo que se promuevan estudios sobre este tema, particularmente sobre la capacidad de dichas ondas para inducir radicales libres, sin que nos limitemos a tener en cuenta la potencia de los aparatos sino también, una vez más, considerar la duración de la exposición a las radiaciones. No se trata de suprimir todos estos adelantos sino de protegernos de ellos."

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