18.3.11

Los obispos catalanes reconocen "los rasgos nacionales propios de Catalunya" y "el derecho a reivindicar todo lo que esto conlleve"

  • Afirman que "hay nuevos retos y aspiraciones que afectan a la forma política en la que el pueblo catalán debe articularse"
  • La Iglesia catalana deja entrever su defensa del derecho democrático a la autodeterminación, alineándose con un número creciente de profesionales, empresarios, catedráticos, jóvenes, inmigrantes y todo tipo de ciudadanos que creen que Cataluña debe poder decidir su futuro libremente

EFE / Barcelona

Los obispos catalanes han reconocido en una carta pastoral "los rasgos nacionales propios de Catalunya" y han defendido "el derecho a reivindicar todo lo que esto comporte".

La carta titulada "Al servicio de nuestro pueblo" ha sido hecho pública por la Conferencia Episcopal Tarraconense y se hace referencia a un discurso de Juan Pablo II en el Parlamento europeo en el 1988, donde dijo que "los pueblos unidos no aceptarán la dominación de una nación o de una cultura sobre las demás". El texto episcopal de la jerarquía eclesiástica catalana añade que "en el contexto europeo y mundial actual, el pueblo catalán quiere y puede ofrecer su contribución desde su especificidad, arraigado en su historia, su cultura y su lengua milenaria".

En el apartado "Valoración de nuestra identidad colectiva", la carta pastoral aclara que se están manifestando "nuevos retos y aspiraciones, que afectan a la forma política concreta en la que el pueblo de Catalunya debe articularse y cómo se quiere relacionar con los demás pueblos hermanos de España en el contexto europeo actual". En este sentido, el documento matiza que "no corresponde" a los obispos "optar por una determinada propuesta", pero "defienden la legitimidad de todas las opciones". El Periódico [ca] [es]

Esta carta se produce 25 años después de otra carta pastoral conjunta que tuvo una gran repercusión: Raíces cristianas de Cataluña. Aquel era un momento muy relevante para el país, que empezaba los pasos para recuperarse de la dictadura, y ahora vuelve a ser otro momento muy relevante, donde hemos entrado de lleno en una etapa donde sin demasiados miramientos Cataluña observa como la mayor parte de los mensajes y las acciones que llegan de España muestran lavoluntad de aniquilar la especificidad nacional. Veamos en primer lugar un fragmento del documento de hace 25 años ya continuación la actual:
[...] no siempre se tiene suficientemente en cuenta la relatividad de las palabras y su funcionalidad con respecto a los contenidos que queremos expresar. A diferencia de lo que ha sucedido en otros lugares, la cultura catalana en la historiografía, en la literatura, en el pensamiento, en la política y en amplios sectores populares ha mantenido viva la distinción entre Nación y Estado. Prat de la Riba, que entendía la nación como sinónimo de patria, lo expresaba así: “El Estado es una entidad política, artificial, voluntaria; la Patria es una comunidad histórica, natural, necesaria. El primero es obra de los hombres; la segunda es fruto de las leyes a las que Dios ha sujetado la vida de las generaciones humanas”.

Como obispos de la Iglesia en Cataluña, encarnada en este pueblo, damos fe de la realidad nacional de Cataluña, plasmada a lo largo de un milenio de historia y también reclamamos para ella la aplicación de la doctrina del magisterio eclesial: los derechos y los valores culturales de las minorías étnicas dentro de un Estado, de los pueblos y de las naciones o nacionalidades, han de ser respetados absolutamente e incluso promovidos por los Estados, los cuales no pueden de ninguna manera, según derecho y justicia, perseguirlos, destruirlos o asimilarlos a otra cultura mayoritaria. La existencia de la nación catalana exige una adecuada estructura jurídico-política que haga viable el ejercicio de los derechos mencionados. La forma concreta más apta para el reconocimiento de la nacionalidad, con sus valores y prerrogativas, corresponde directamente al ordenamiento civil.

Este es el fragmento donde se aborda la identidad nacional de Catalunya en la carta actual:

VALORACIÓN DE NUESTRA IDENTIDAD COLECTIVA

Habiendo transcurrido veinticinco años del documento Raíces cristianas de Cataluña, los obispos hoy ratificamos y continuamos lo que entonces nuestros hermanos en el ministerio ofrecían a la comunidad católica y a toda la sociedad catalana. Como pastores de la Iglesia, manifestamos nuestro profundo amor por el país y nos ponemos a su servicio porque sentimos la urgencia de anunciarle la persona de Jesucristo y su Reino, que son para nosotros el mayor tesoro que tenemos.5 Reiteramos la llamada a proyectar este amor social en los deberes cívicos hacia las instituciones y organismos de gobierno, así como en el compromiso de impregnar de espíritu cristiano toda acción con proyección social. Igualmente, en continuidad con nuestros predecesores, reconocemos la personalidad y los rasgos nacionales propios de Cataluña, en el sentido genuino de la expresión, y defendemos el derecho a reivindicar y promover todo lo que esto comporta, según la doctrina social de la Iglesia.

Juan Pablo II, hablando en 1988 en el Parlamento Europeo en Estrasburgo sobre la Unión Europea, que se preparaba para una mayor integración política de sus Estados miembros, afirmaba que «los pueblos europeos unidos no aceptarán la dominación de una nación o de una cultura sobre las demás, sino que sostendrán el derecho igual para todos de enriquecer a los demás con su diversidad». En el contexto europeo y mundial actual, el pueblo catalán quiere y puede ofrecer su contribución desde su especificidad, arraigado en su historia, su cultura y su lengua milenarias.

Los derechos propios de Cataluña, así como de todos los pueblos de la tierra, están fundamentados primariamente en su propia identidad como pueblo. La Iglesia, en Cataluña y en todas partes, movida por su amor a la persona humana y a su dignidad, considera que «existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura de la nación. Se trata de la soberanía por la que el hombre es, al mismo tiempo, soberano supremo», y por eso no quiere que «esta soberanía fundamental se convierta en presa de intereses políticos o económicos».

Hoy se han manifestado nuevos retos y aspiraciones, que afectan a la forma política concreta en la que el pueblo de Cataluña debe articularse y cómo se quiere relacionar con los demás pueblos hermanos de España en el contexto europeo actual. Como pastores de la Iglesia, no nos corresponde a nosotros optar por una determinada propuesta a estos nuevos retos, pero defendemos la legitimidad moral de todas las opciones políticas que se basen en el respeto de la dignidad inalienable de las personas y de los pueblos y que busquen con paciencia la paz y la justicia. Y animamos el camino del diálogo y el entendimiento entre todas las partes interesadas para conseguir soluciones justas y estables, que fomenten la solidaridad, exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana. El futuro de la sociedad catalana está íntimamente vinculado a su capacidad para integrar la diversidad que la configura. Un proceso que habrá que tejer con la participación de todos, teniendo en cuenta los derechos y los deberes que se derivan de la dignidad personal, y que ha de permanecer abierto a los valores trascendentes, a aquel plus del alma que ennoblece y fundamenta la acción política y social al servicio del hombre y de todo el hombre.

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