28.9.15

[REFLEXIÓN] Análisis tras las elecciones plebiscitarias

Por primera vez en la historia, el Parlament de Catalunya tiene una mayoría independentista. Y, además, esa mayoría es absoluta con 72 escaños sobre 135. Respecto a la composición del anterior Parlamento, los escaños independentistas han pasado de 24 (21 + 3) a 72 (62 + 10). Este resultado hace posible que el proceso soberanista siga adelante, con la legitimidad suficiente según el compromiso que habían expresado los partidos que optan por la creación de un estado propio. Cuando alguien dice que nada ha cambiado respecto al día anterior, no se da cuenta del cambio de enormes proporciones en la composición del nuevo Parlamento.  

La lectura en clave de escaños es la más importante dado que formalmente se trata de unas elecciones parlamentarias, que se han utilizado en clave plebiscitaria en la medida que el Estado español no ha hecho posible la celebración de un referéndum sobre la independencia, mecanismo que hubiera permitido de manera clara contar los partidarios de este cambio de statu quo.  

La lectura en clave de votantes es imperfecta y no adecuada en la medida en que se pueden haber producido alteraciones porque se tenían que votar partidos. En todo caso, es cierto que una victoria también en votos superior al 50% lo hubiera hecho comparable a un referéndum y podría haber habilitado para una DUI, siguiendo el criterio de las CUP. El hecho de que el porcentaje explícito haya sido inferior al 50% conlleva que las CUP renuncien a exigir una DUI inmediata y que se añadan a la propuesta más progresiva de Junts pel Sí, consistente en avanzar en la hoja de ruta hacia un referéndum que será sobre la Constitución catalana, con el deseo de que mientras tanto el Estado español se avenga a convocar un referéndum.  

El partidarios del No se han quedado con un 40% de los votos. La lectura según votos habría que hacerla a partir de 3 bloques, los partidarios del Sí (independentistas), los partidarios del No (unionistas), y los partidarios de derecho a decidir convocando un referéndum pactado. Aunque habría que excluir los votos a  aquellos partidos residuales que no han entrado en absoluto en el debate plebiscitario y que, a efectos de cálculo del porcentaje de voto plebiscitario, se deberían descontar como si fueran votos nulos.

Se acabó la broma de la mayoría silenciosa. Con una participación historia del 77%, la victoria de los partidarios del Estado propio es un gran éxito, unos años atrás impensable. Seguramente España perdió la oportunidad de convocar un referéndum cuando el podía haber ganado, como sucedió en Escocia. Esconderse tras el discurso de la mayoría silenciosa que no se había manifestado públicamente pero que se expresaría en las urnas cuando fuera el momento ya no se podrá repetir. Esperamos que ahora no se inventen el discurso de la mayoría muda, la que no habla nunca. De hecho, sin ponerle nombre risible, ya se ha estado haciendo cuando se proyecta sobre el total de la población cuál es el porcentaje de personas que han votado la opción ganadora.

La presión internacional sobre el Estado español comenzará a hacerse efectiva si bien de manera discreta. El hecho es que ya hace meses que están sorprendidos por la pasividad del Estado español. Ahora esperarán que se constituya el nuevo Gobierno, pero seguro que las presiones discretas ya comenzarán a concretarse. Sólo hay que comparar con Canadá y Gran Bretaña, donde un 41% y un 44% respectivamente de voto soberanista en Quebec y Escocia comportó que los estados se avinieran a convocar sendos referendos. Un 41 y un 44 frente casi un 48 en Cataluña. Hoy mismo, la presidenta de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, la luxemburguesa Anne Brasseur, manifestó que es necesaria una "negociación" con Cataluña tras los resultados del 27-S y que "la votación del pueblo de Cataluña se debe respetar".  

España sigue inmóvil. La política española, con el matiz de Podemos, no se ha visto cuestionada por este triunfo soberanista. Siguen con la tónica de negar la realidad. Y los medios de comunicación con sede en Madrid también siguen lanzando el mismo mensaje. Este pensamiento único, con alguna grieta como puedan ser los análisis de Iñaki Gabilondo, dificulta que la ciudadanía española pueda hacerse una idea del proceso catalán y de la certeza de lo que ocurrirá en los próximos meses. El mensaje que llega, como ya ha pasado en los últimos años, es que el proceso ha muerto. Parece difícil que se lo puedan volver a creer pero es no es fácil salir del análisis único cuando todo el entorno mediático lanza la misma interpretación.  

El tic-tac-tic-tac se ha estropeado. Una parte de la ciudadanía partidaria del derecho a decidir aún creía que España convocaría un referéndum e incluso que sería posible cambiar España. Esta hipótesis partía del papel que Podemos -pero también el PSOE según el punto de vista del PSC- aportarían un cambio político a partir de las propias elecciones españolas. Ahora que el tic-tac de Podemos está estropeado y que la derecha españolista resultante de la suma de PP y C 's tiene todos los números para ganar, además de la imposibilidad manifiesta que el PSOE haga un cambio tan grande, habrá que ver cuál será la reacción o el posicionamiento de los votantes y de los líderes de Catalunya Sí que es Pot.  

Para los partidarios de cambios relevantes en el statu quo, como puedan ser un estado federal o confederal, la única manera real de llevarlo a cabo sería necesariamente acometer un primer paso de soberanía de Cataluña para pasar posteriormente a pactar con España el modelo de integración, de tú a tú, y partiendo del respeto mutuo. Por tanto, la lógica de la pasividad y el negacionismo de la política española, la imposibilidad de cambios relevantes, debería ir desplazando una parte importante de este 11,45% hacia posiciones soberanistas más explícitas. España no admite sutilidades, invita al todo o nada.

Se hace difícil imaginar que el Estado español y los partidos unionistas puedan hacer una propuesta creíble para los catalanes. Hoy en día, ningún soberanista podría tener en consideración una propuesta que no partiera del reconocimiento nacional y, por tanto, del derecho a la autodeterminación cuando se considerase necesario. Si se ha llegado hasta aquí, y cualquier promesa del unionismo no puede generar ninguna confianza o credibilidad, parece evidente que sólo el derecho a poder reanudar el ejercicio de la autodeterminación sería una condición que podría convencer a algunos votantes del Sí más sensibles a ofertas, aparte por supuesto de blindar ciertas competencias y un concierto económico. Ninguna de estas propuestas es posible en el esquema mental del unionismo, de modo que sólo la alternativa de la hoja de ruta soberanista es factible. España no tiene ni está en condiciones de tener una hoja de ruta alternativa al soberanista para intentar seducir a los catalanes.  

La única sombra que observo en este momento es el papel de la CUP respecto a la elección del presidente Mas. Su afirmación -creo- se hizo en un escenario donde era posible que su abstención fuera suficiente. Pero ahora no lo es. Lo más importante ahora es el proceso, no las personas, lo suscribo. Y por tanto, hay que analizar qué es más conveniente, sin apriorismos ideológicos y sin vetar personas de antemano. La revolución de la sonrisa se ​​ha hecho en positivo, con renuncias de todos, y no es conveniente introducir factores negativos, de exclusión. El proceso requiere que haya gente de un amplio espectro, que sume con generosidad, y una parte del país no entendería que 10 diputados puedan forzar tal exclusión, que puede herir esta percepción de amplia transversalidad. También generaría inquietud en los sectores empresariales, cuestión que -no seamos ingenuos- es fundamental para el proceso. Pero, además, la desaparición de Mas sería un gran daño a nivel internacional, que costaría mucho de entender. Y poca gente entendería que el presidente que ha liderado el proceso, que ha aportado confianza, y que puede estar imputado penalmente en pocos días por poner las urnas, sea obligado a apartarse. Lo digo convencido en términos de interés para el proceso. Otra cosa es encontrar fórmulas como que Mas sea presidente con una orientación a las relaciones internacionales, y que un primer ministro lleve más directamente la dirección del gobierno. Seguro que se pueden encontrar fórmulas pero no partiendo de la exclusión.

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